filosofiadeldesorden
Just another WordPress.com siteCampos de fresa por siempre
El ser humano vive en sociedad. Eso es algo que todos sabemos, aunque quizá no seamos muy conscientes de qué significa exactamente. O más bien qué implica. ¿Cómo afecta al ser humano la sociedad? ¿Alguien se preguntó ésto alguna vez? Pocos. Nunca suficientes. La sociedad nos facilita la vida al mismo tiempo que nos pone dificultades. Como todo, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. El problema está en el estado en el nos encontramos los hombres en la sociedad: sumidos en un profundo sueño del que no despertamos, ni queremos hacerlo. Y la respuesta es fácil, como dice aquella canción de The Beatles: “Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see” (“Vivir es fácil con los ojos cerrados, entendiendo mal todo lo que vemos”)
Los hombres vivimos el día a día atrapados en esa sociedad, y no hay excepciones. Porque incluso la tribu más escondida y salvaje de la selva tiene un atisbo de sociedad. De echo, si nos la quitaran, no sabríamos qué hacer, ni siquiera por dónde empezar.
Escribo esto no con una intención revolucionaria. O puede que sí. Más bien invito a la revolución de la mente, nuestra arma más poderosa. Pero no estoy diciendo que haya que levantarse y cortar el problema de raíz: eso ya son asuntos mayores, y no me corresponde a mí incitarlo.
Mi objetivo es que, quien lea este artículo, a partir de este momento mire la vida con otros ojos: las cosas cambian por completo si tenemos en cuenta que somos títeres de la sociedad.
Por eso, no debemos dejar que la sociedad nos diga qué está bien y qué está mal; qué nos mejora y qué nos hace daño. Somos nostros mismos los que debemos decidir qué es bueno para nosotros y qué no lo es.
Pongo por ejemplo la campaña contra el tabaco que promueve el Estado: ¿Por qué la gente está intentando dejar de fumar? ¿Porque es malo para la salud? ¿O porque cada vez suben más el precio? ¿Cuántas personas decidieron, por sí mismas, dejar de fumar antes de que la sociedad nos dijera que eso era perjudicial? Esas personas tenían sus propios motivos. Habían averiguado que no era sano. O no les gustaba. Sin embargo, ahora la gente deja de fumar por motivos que nos han dictado. Aprendidos y recitados. ¿Por qué no somos capaces de pensar por nosotros mismos?
Los hombres debemos experimentar: experimentar para conocer. Y acto seguido, reflexionar. Sólo de esta forma seremos dueños de nuestros propios pensamientos. No dejes que te digan, por ejemplo, que la droga es mala para ti: pruébala, y decide qué vida quieres llevar. Porque sólo así podrás decir que no consumes droga porque no quieres. En caso contrario, la única razón sería el miedo, o en caso de que dijeras que es mala para la salud, sin haberla probado ni conociendo sus efectos con total precisión, estarás recitando las opinones de otra persona. Quizá estos ejemplos son un poco drásticos, pero supongo que así me hago entender.
Sólo existe, a mi parecer, un requisito para conseguir la liberación de la mente respecto a la sociedad opresora: la cultura. No me refiero a la cultura en el sentido estudiantil: buenas notas, hacer todo lo que dice el profesor, tener beca y ser el primero de la clase. Yo hago referencia a algo distinto, y mucho más importante: la cultura en sí, el aprendizaje de la vida interiorizado. Si somos unos incultos, seremos incapaces de tomar nuestras propias decisiones de manera que éstas sean las acertadas. Con esto me refiero a que nuestros criterios no serán válidos. Necesitamos conocer nuestro alrededor para saber si algo es bueno o malo. Para saber cuándo debemos rebelarnos y cuándo debemos guardar silencio.
En resumen, lo que pretendo en este artículo es incitar, como ya he dicho, a la revolución de las mentes: primero mediante la experimentación, el conocimiento y por último la reflexión, siempre fundamentados en unos buenos criterios propios que obtendremos mediante la culturización.
Ser conscientes de lo que la sociedad nos empuja a hacer es duro: a veces, uno sólo no puede negarse y se ve en la obligación de perderse con la masa. Pero por lo menos nos quedará el consuelo de saber que tenemos la capacidad de ver la realidad: algo que no muchos pueden hacer.
Penes y Psicodelia esquizofrénica.
Creemos que una persona que padece alguna enfermedad mental no está capacitada para hacer cosas. Cosas que consideramos normales. Un enfermo mental no puede llevar una vida normal. Y seguramente tengamos razón, desgraciadamente.
Pero, ¿qué vida es normal? Desde luego, la de los artistas, no. El arte no se lleva bien con el concepto de normalidad, porque su propia razón de ser le obliga a traspasar la frontera de lo cotidiano para crear algo que llame la atención, precisamente porque no es normal. Porque, ¿qué es el arte, al fin y al cabo?
Podríamos considerar arte a todo aquello que es creado con el objetivo de producir una reacción de los espectadores al contemplar la obra.
Ahora bien, si juntamos el arte con una enfermedad mental, ¿qué sale?
Pues la respuesta es, al fin y al cabo, bastante lógica. La psicodelia. Lo que yo llamo la psicodelia esquizofrénica. Esa que, personas con una salud mental envidiable han intentado alcanzar mediante las drogas.
Y es que, esas personas van más allá de nuestras fronteras. Tienen las suyas propias. Y crean. Tienen la capacidad de crear. Cosas que nosotros no podremos ver como lo ve el artista, pero que sí podemos contemplar.
Esta reflexión surge a raíz de la lectura del reportaje del periódico El País sobre Yayoi Kusama, una artista japonesa afincada durante años en la gran manzana, cuya obra se muestra estos días en el museo Reina Sofía de Madrid.
Coetánea de grandes como Andy Warhol, ha protagonizado muchas polémicas, y destaca por su feminismo exacerbado.
Su obra rompe los moldes establecidos a base de lunares y formas fálicas. Original, supongo.
Hasta aquí todo normal. La vida bohemia “normal” de una artista nada convencional. Ya lo hemos visto muchas veces.
Pero, si ahora añado que Kusama sufre esquizofrenia, y que estuvo internada en un manicomio, ¿qué ocurre?
Que choca. Y piensas, “vaya, una enferma mental que pinta”.
Pero de lo que no nos damos cuenta es de que ella posee la capacidad de llegar por sí sola a la psicodelia que tantos bohemios ansiamos, y es capaz de crear un arte con significado que nosotros no somos capaces de interpretar en su totalidad porque nuestro cerebro tiene más fronteras que el suyo.
La idea de que una persona que sufra una enfermedad mental, como Kusama, la canalice en una especie de psicodelia artística, es inquietante. Pero es real.
Y sobretodo no es normal.
…con que… penes y lunares, ¿no?
William Wilson
Los fantasmas del pasado me persiguen.
Pero qué equivocados estamos. Vivimos constantemente en una utopía que nos creamos nosotros mismos, una visión de la realidad fundamentada en argumentos idealizados.
Es precisamente esto lo que ocurre cuando pensamos que nuestra vida empieza de cero: siento desilusionar, pero estamos totalmente equivocados. Nuestra vida jamás empezará de cero.
Y claro, ahora que lo habéis leído, pensaréis: es lógico, ¡yo ya lo sabía!
Pero no. No lo sabes. Reconozcamos que todos, repito, todos, en algún momento de nuestra vida hemos pensado que empezábamos de nuevo. Yo incluida.
Pero todo cambia cuando te ocurren cosas que te demuestran que no, que no puedes olvidar una vida para empezar otra. Porque, precisamente, la vida es la suma de nuestros actos, de nuestras decisiones, de aquellas cosas que queremos recordar para siempre, junto con aquellas cosas que queremos olvidar.
Cada vez que comienzo una nueva etapa de mi vida pienso que empiezo de cero. Mentira. Los fantasmas del pasado me persiguen, y es imposible ignorarlos. Porque son parte de mí.
Este fenómeno me recuerda en cierto modo al cuento de Poe, William Wilson. El protagonista es perseguido sin cesar por un personaje con su mismo nombre y aspecto. Por mucho que lo intenta, por mucho que huye, él siempre le encuentra. Porque es él mismo.
Este cuento, dentro de sus muchas interpretaciones, se puede considerar como una metáfora de lo que aquí quiero explicar: no podemos huir de nosotros mismos, de nuestro pasado y de nuestro presente.
Por tanto, lo único que podemos hacer es enfrentarlo, admitirlo como parte de nuestra vida, asimilarlo, plantarle cara y seguir adelante con nuestra vida.
Las cosas que hacemos, las decisiones que tomamos, las personas que conocemos. No podemos huir de ellos. Porque da igual lo que hagamos, nos encontrarán.
Infierno se escribe sin h.
¡Podrían ser tus últimos 5 minutos de vida!
“¡Alguien acaba de morir! Yo deseo que por los próximos cinco minutos, tú vivas como si esos fuesen los últimos cinco minutos para vivir; como si esos fuesen tus últimos cinco minutos de vida. Después de todo, en tu ciudad alguien morirá en los próximos cinco minutos. Muy bien podrías ser tú. ¿Por qué no?”
este párrafo pertenece a un panfleto de la Iglesia Bautista de tormes que repartían hoy en el campus.
Ala. Más claro imposible. ¡Vamos a morir! ¿Cuál podría ser nuestra última voluntad?
Pues por supuesto, olvídate de decirle a tus familiares que les quieres. Olvídate de decirle a esa chica que siempre está a tu lado lo que sientes por ella.
Olvídate de escribir un testamento.
De cerrar el grifo cuando la bañera esté llena.
De ir a Londres, y hablar con un inglés, no con un español.
De ir a Australia y ver canguros.
Nuestra última voluntad, según este panfleto, debe ser convertirnos al catolicismo. Textualmente:
“El tiempo casi ha expirado, asi que decídete pronto. Si tú quieres ir al cielo, te diré lo que necesitas hacer en tus últimos pocos segundos. ¡Arrodíllate! ¡Apúrate! ¡Ahora confiésale a Dios que tú eres un pecador!¡Vamos! ¡No pierdas tiempo! Dile a Él que tú sabes que mereces ir al infierno. Ahora dile a El que tú sabes que Su Hijo murió por tí en la cruz.”
Bueno, y un largo etcétera.
Lo que más me ha llamado la atención del folleto, a parte del contenido apocalíptico, claro está, son las faltas de ortografía que he podido descubrir. Pero vamos a ver, si quieres escribir algo para convencer a un grupo de personas, por lo menos escríbelo bien, ¿no? Es tan sólo una cuestión de respeto. Cuando alguien me quiere convencer de que me meta en una secta me gusta que lo haga escribiendo correctamente.
Porque en realidad es eso. ¿Acaso no parece el panfleto de una secta? ¡Arrodillémonos! ¡Arrepintámonos! Sólo le falta decir: ¡sacrifiquemos a los infieles!
En el interior del folleto podemos descubrir un esquema con pautas para ir al infierno o al cielo. Por supuesto, la lista de cosas por hacer para ir al cielo es mucho más extensa. Pues oye, no sé si me dará tiempo, hoy tengo muchas cosas que hacer, así que lo de creer que “Jesús murió para pagar por mis pecados” ya lo hago mañana. Espero que no les importe.
De todas formas, cómo se nota que no han leído mi blog.
¿Acaso no he escrito ya que yo soy Jesucristo? Bueno, supongo que les perdonaré por ello. Al fin y al cabo, no tengo tiempo para andar mandando al infierno a los que profanan mi nombre.
Las pautas para ir al infierno son más fáciles, sólo es una: “¡No hagas nada! ¡Tú ya has hecho suficiente!”.
Pues sinceramente, ésta me parece más atractiva que las demás. No sé vosotros, pero prefiero ir a una exposición antes de pararme a arrepentirme de mis pecados.
Puede que haya faltado el respeto de los creyentes, pero tenéis que tener en cuenta que ésto es una opinión personal.
De todas formas, el hecho de que necesitemos creer en la existencia totalmente surrealista de un ser superior a nosotros, pero que casualmente es nuestro semejante, demuestra dos cosas, que forman a su vez una especie de contradicción:
primero, demuestra lo débiles que somos en realidad. No somos ni de lejos tan fuertes ni tan inteligentes como pensamos. ¿No se da cuenta la gente de lo absurdo que es ésto? El cuento de Blancanieves tiene más veracidad que la Biblia. Y pido perdón a los que pueda ofender con esto.
Volviendo a un tono más objetivo, necesitamos creer en la existencia de un ser superior para sentirnos seguros, para dar sentido a nuestra vida. Este tipo de inquietudes son el precio a pagar por tener la capacidad de pensar. Un amigo mío me dice a menudo: “ojalá fuese una planta. No tendría que pensar.” Quizá esta proposición no sea tan descabellada al fin y al cabo.
Sin embargo, somos capaces de cosas increíbles, de llevar a cabo miles de tareas en un solo día, pero cuando llegamos a casa, rezamos a algo que nuestra mente no puede ni podrá comprender, pero lo que sí sabemos es que es completamente absurdo. Pero es entonces cuando no hacemos caso a nuestra mente, y pensamos en la fe: lo contrario al pensamiento racional. Dí que sí.
Segundo, este hecho confirma mi teoría expuesta en el artículo anterior: somos tan débiles como para tener que adorar a algo que nuestra mente nos dice a gritos que no existe, pero después construímos a ese ser a nuestra imagen y semejanza. Toma egocentrismo. Yuhu.
Bueno, ahí lo dejo. El tema de la religión es muy extenso, así que lo retomaré otro día.
Para terminar, tan sólo felicitar al que se le haya ocurrido la estrategia de marketing de esta Iglesia. Es original, pero debo decir que lo siento, conmigo no funciona.
Los vagos iremos al infierno, qué se le va a hacer. Pero al menos, antes de morir, habré aprovechado mi vida.
Nuestra existencia está idealizada
Nos creemos el centro del mundo, pero no lo somos.
El mundo no gira a nuestro alrededor. Nunca ha sido así.
Sin embargo, llevamos miles de años pensándolo.
¿Acaso alguien se ha preguntado por qué? Lo dudo mucho. Y si ha sido así, es digno merecedor de leer este blog.
Pues, querido amigo, si estás leyendo esto, seguramente seas de los que piensen como yo. Y por tanto, sabrás la respuesta. O, lo que también es una posibilidad, es que seas alguien que está leyendo esto por curiosidad, que ha entrado por casualidad, pero en ese caso dejarás de leer pronto. Y seguirás con tu vida como si este blog no haya llegado nunca a tus manos (o a tu ordenador, mas bien).
Retomando el tema en cuestión, nos preguntábamos porqué pensamos que el mundo gira a nuestro alrededor.
La respuesta es simple: somos unos egocéntricos. Todos nosotros. Sí, no lo nieges, tú lo sabes mejor que nadie. Jodidamente egocéntricos. Somos incapaces de soportar el pensamiento de que algo no tiene nada que ver con nostros.
Somos incapaces de aceptar que nosotros sólo somos una gota de agua en un océano, una mota de polvo en una casa abandonada, un punto ridículamente pequeño en una infinita galaxia.
Somos incapaces de aceptar que no todo está a nuestro alcance, porque la verdad, querido amigo, es que nada está a nuestro alcance.
Somos incapaces de aceptar que nuestra mente es más pequeña de lo que pensamos, que hay cosas en el mundo que no podemos, ni podremos explicar.
Y nos empeñamos en explicarlo todo, en entenderlo todo, en imaginarlo todo, cuando en realidad sabemos que no podemos.
Nuestra existencia no es ni mucho menos necesaria. Pero nos empeñamos en creerlo.
Egocéntricos todos nosotros.
Dudo mucho que los dinosaurios hubieran protestado estrepitosamente al ver cercano su final. Puede que ni siquiera se hubieran enterado.
Sin embargo, nosotros, estamos cagados, hacemos películas escandalosas, nos inventamos cuentos amenazando con nosequé de un apocalipsis, rezamos a ideales, nos comportamos como idiotas porque nunca supimos aceptar el miedo.
Y no somos capaces de darnos cuenta de que si alguna vez dejamos de existir, no pasará nada. O sí, pero eso es algo que mi mente no podrá llegar a comprender.
Y, sinceramente, soy mucho más feliz pensando esto que desperdiciando toda mi vida explicando cuentos inexplicables.
Hola, soy Jesucristo.
Que no, que es broma.
Si al leer esto, de algún modo, te has sentido ofendido, deberías salir de este blog y borrarlo de tu historial para siempre. Quien avisa no es traidor.
Esta frase pertenece a una anécdota de ideas brillantes y sinsentidos políticamente incorrectos. Quizá un día de éstos os la cuente. Ahora no es el momento.
Bienvenidos a la Filosofía del Desorden.
Un buen día, una persona cercana a mí intentó explicar mi conducta elaborando la siguiente teoría, tomada de una ya preexistente: las personas desordenadas son las más inteligentes.
Con esto no quiero decir que me considere inteligente. Bueno, en realidad sí. Pero no pienso reconocerlo. Aunque acabe de hacerlo.
Mi vida está compuesta de varios elementos imprescindibles:
Desorden de objetos.
Desorden de horarios.
Desorden de sentimientos.
Desorden de ideas. Y pensamientos.
Sin mi desorden, yo no sería yo.
He venido a hablar de cosas que me sacan de quicio.
He venido a protestar.
He venido a no callarme nada.
He venido a admirar sólo lo que merezca la pena.
Tengo la intención de ser políticamente incorrecta.
Y me da exactamente igual lo que pienses al respecto. O no.
Sólo te pido que no estés de acuerdo conmigo.
En el momento en el que lo estés, nada de ésto merecerá la pena.
Porque perderá el significado en sí mismo.
Creo que aquí abajo hay un espacio para comentar.
Estaré esperando vuestros desacuerdos con ilusión. O no.
Bienvenidos, otra vez.

